CORRESPONDENCIA GRAL BELL - MABINI
CORRESPONDENCE GRAL. BELL - MABINI
Página principal
Main page
General Bell a Mabini
Respuesta de Mabini
General Bell to Mabini
Mabini's reply
GENERAL BELL A MABINI
Manila, P. I., Agosto 28, 1900.
Mi querido Mr. Mabini:

En vista de lo que V. me ha dicho en nuestra reciente conversación, me parece que no debe ser difícil llegar a una inteligencia más definitiva que la que existe al presente entre americanos y filipinos, siempre que estos últimos, se presten a reconocer claramente la sabiduría de la política que procuraré explicar a usted.

Los americanos no constituyen un pueblo enemigo de compromiso sino desean, como cualquiera nación, que sus buenos propósitos sean reconocidos. Ellos necesitan ver a1guna señal de que el pueblo filipino aprecia los esfuerzos y sacrificios que han hecho en beneficio del mismo.

Sería probablemente imposible que los americanos se sientan dispuestos en conceder a1guna cosa a un pueblo ingrato, especialmente mientras este continúe en guerra con aquellos.

Debe comprender el pueblo filipino que nada puede obtenerse de los Estados Unidos por la fuerza; deberían comprender también los que están familiarizados con las costumbres de aquel pueblo que en condiciones favorables casi todo se puede esperar de su generosidad, pero esta generosidad no puede ejercitarse por falta de objeto mientras los soldados americanos son matados en las condiciones que (según las leyes de la guerra respetadas por las naciones civilizadas) hacen que la muerte sea considerada un asesinato.

La única condición justificante de la guerra bajo cualquiera circunstancia es la posibilidad del éxito. Tan pronto como desaparezca esta posibilidad al influjo de los acontecimientos de la lucha, la civilización exige que la parte vencida, en nombre de la humanidad, se someta y acepte el resultado, aunque no sea agradable a sus sentimientos. Tal es la mira de la civilización y cualesquiera combatientes que se separen de este principio se clasifican asimismo entre los incivilizados y se incapacitan para el manejo de los negocios civiles hasta donde alcanza su ignorancia de las exigencias de la humanidad

Los filipinos han sido claramente vencidos en el campo, y en mi opinión la sabiduría en este estado de la guerra se reduce a reconocer lo inevitable, suspender las hostilidades, rendir las armas y ayudar a los Estados Unidos en la regeneración de las Islas. Por este medio solo puede recurrirse a la simpatía del pueblo de los Estados Unidos y después del transcurso de algunos años, quince o veinte a lo mas, es probable que el gobierno esté bien arreglado en todo el archipiélago funcionando sin dificultades y con todas las cuestiones y disputas satisfactoriamente zanjadas. Si para este tiempo el pueblo de las Islas hubiese ya demostrado su capacidad para gobernarse y refrenarse y su aptitud para manejar sus propios negocios y con la expresión de su aspiración a un más amplio gobierno propio acudiera al pueblo americano demandando la indulgencia del mismo, en mi opinión no se puede dudar del resultado. Me parece probable que el pueblo de los Estados Unidos conceda toda petición razonable hecha únicamente por el pueblo filipino.

La lógica de la situación, por consiguiente, pone la suerte del pueblo filipino en las propias manos del mismo y hace que por la aceptación de la paz y el cultivo de las artes de la civilización vaya conquistando su propio destino. La fuerza como factor es no solamente criminal en sí misma bajo las circunstancias, sino que está precipitando diariamente a los naturales del archipiélago hacia la actitud cada vez más profunda de la semi-civilización, completamente incapaz de apreciar y comprender las responsabilidades de gobierno civil. Pueden solo manifestar su aptitud en esta materia deponiendo las armas y dejando de forzar a los Estados Unidos a toda concesión imposible por ahora para cualquiera.

La aptitud para establecer y dirigir una forma republicana de gobierno conforme los rectos principios del pueblo americano no es don natural. Es materia de coalición y se aprende por la experiencia. El pueblo de Estados Unidos ha estado estudiando y aprendiendo este problema por más de dos siglos. Ellos no pueden creer que el pueblo filipino será capaz de desarrollar de una vez semejante gobierno, pero no dudan de que pueden ayudarle para aprender el arte en poco tiempo.

Deseo que V. comprenda que aquí no hablo en mi oficial capacidad de Mariscal Preboste, ni tampoco en concepto de oficial americano, pero simplemente en mi personal cualidad de ciudadano americano, expresando mis propias convicciones particulares a un amigo personal a quien he respetado siempre por su franca y amistosa confianza en mí y por la sinceridad de sus propósitos.

Me agradaría muchísimo que después de una discusión personal llegásemos a un acuerdo sobre una proposición definida que sea practicable, con lo cual haría un gran bien al pueblo de las Islas ahora en deplorable condición de duda e incertidumbre.

Suyo muy sinceramente,
J. F. Bell
Al Señor Apolinario Mabini, Calle Anda.

GENERAL BELL TO MABINI
Manila, P. I., August 28, 1900
My dear Mr. Mabini:

In view of what you told me in our recent conversation, it seems to me it should not be difficult to reach a more definite understanding between Americans and Filipinos than the one existing at present so long as the latter clearly recognize the wisdom of the policy which I shall try to explain to you.

The Americans do not constitute a people antagonistic to compromise, but they desire, like any other nation, that her good purposes be recognized. They need to see some sign that the Filipino people appreciate the efforts and sacrifices they have made for their benefit.

It will probably be impossible that the Americans will feel disposed to concede something to an ungrateful people, especially when these continue in war against them.

The Filipino people should understand that nothing can be obtained from the United States by force: Those who are familiar with the customs of that people should also understand that in favorable conditions almost everything can be expected from their generosity, but this generosity cannot be exercised for lack of objectives while the American soldiers are being killed under conditions that (according to the laws of war respected by civilized nations) make death be considered a murder.

The only justifying condition of war under any circumstance is the possibility of success, as soon as this possibility disappears as a result of the events of the struggle, civilization exacts that the defeated party, in the name of humanity, submit itself and accept the result, although it not be pleasant to its feelings. Such is the point of view of civilization and any combatants that part from this principle classify themselves among the civilized and incapacitate themselves for the management of civil affairs in the measure attained by their ignorance of humanitarian requirements.

The Filipinos have been clearly defeated in the field, and in my opinion wisdom in this state of the war is limited to recognize the inevitable, suspend the hostilities, surrender the arms and help the United States in the regeneration of the Islands. By this means only can an appeal be made to the sympathy of the people of the United States and after the lapse of some years, fifteen of twenty at most, it is probable that the government would be well established in all of the Archipelago, functioning without difficulties and with all the problems and disputes satisfactorily overcome. If by this time the people of the Islands have already demonstrated their capacity to govern and discipline themselves and their aptitude to manage their own affairs, and with the expression of their aspiration for more ample self-government appealed to the American people demanding their indulgence, the result, in my opinion can almost not be doubted. It seems to be probable that the people of the United States will concede any reasonable petition unanimously made by the Filipino people.

The logic of the situation, therefore, places the fate of the Filipino people in their own hands and makes that by the acceptance of peace and the culture of the arts of civilization may gradually conquer their own destiny. Force as a factor is not only criminal by itself under the circumstances, but every day that passes, it precipitates the natives of the archipelago towards an ever deepening attitude of semi-civilization, completely incapable of appreciating and understanding the responsibilities of civil government. They can only manifest their aptitude in this matter by laying down the arms and ceasing to force the United States to any impossible concession for now.

The capacity to establish and manage a republican form of government according to the straight principles of the American people is not a natural gift. It is a matter of coalition and is learned by experience. The people of the United States has been studying and learning this problem for more than two centuries. They cannot believe that the Filipino people will be capable to develop such government at once, but they do not doubt that they can help the Filipinos learn the art in a short time.

I wish you to understand that I speak here not in my official capacity as Provost Marshall, neither as an American officer, but simply in my personal capacity as an American citizen, expressing my own private conviction to a personal friend whom I have always respected because of his frank and friendly trust in me and the sincerity of his purposes.

It would please me very much that after a personal discussion, we will reach an agreement on a definite proposition which will be practicable, with which we will be doing a great good to the people of the Islands now in a deplorable condition of doubt and uncertainty.

Very sincerely yours,
J. F. Bell.
To Mr. Apolinario Mabini,
Anda Street.

RESPUESTA DE MABINI
Manila, I.F., Agosto 31, 1900
Mr. Gral. J.F. Bell.

Mi querido y distinguido General:

Me ha llenado de satisfacción la lectura de su carta privada de 28 de los corrientes. Después de haber reflexionado muy detenidamente sobre los puntos en ella tratados, no puedo menos de reconocer su alteza de miras y nobles sentimientos. Procuraré corresponder a su fina atención y cortesía, manifestándole con la mayor claridad y franqueza mi opinión particular sobre dicho punto, con tanto mayor gusto cuanto no estoy menos ansioso de una solución satisfactoria.

Usted lamenta que el pueblo filipino no sepa apreciar los esfuerzas y sacrificios de los americanos. Me permitiré decirle que hasta ahora todos los esfuerzos y sacrificios de los americanos tienden a la demostración de su fuerza avasalladora, y esto lo comprende el país. Cuando las autoridades americanas vuelvan sus ojos a la razón y a la justicia haciendo menos uso de la fuerza, puedo asegurarle que el pueblo filipino sabrá apreciar enseguida el cambio de proceder.

Usted mismo corrobora esta apreciación mía, al sentar en su carta este principio: "La única condición Justificante de la guerra, en cualquiera circunstancia, es la posibilidad del éxito.' De ser cierto este principio y de llevarse constantemente a la práctica, habría que buscar la solución de todas las cuestiones internacionales y civiles en la fuerza, habría que borrar de una, plumada, los eternos principios de la moral y justicia escritos con la sangre de muchas generaciones y retrotraer a la humanidad a su estado primitivo.
No podría V. invocar las palabras "humanidad" y "civilización" sin echar abajo su principio. Si en la vida real las naciones fuertes recurren con mucha facilidad a la fuerza para imponer sus pretensiones a los débiles, es porque aún ahora la civilización y los sentimientos humanitarios que tanto se invocan son, para algunos mas bien aparentes que reales. Con arreglo a su principio hay que admitir que la guerra que hacen los americanos en Filipinas es justa y humanitaria porque los filipinos son débiles, lo cual no parecerá cierto ni al filipino mas ignorante.

Yo soy el primero en deplorar con toda el alma el sistema de guerrillas y emboscadas a que se ven reducidos los filipinos, porque he considerado siempre mas noble y digna del hombre la lucha que ofrezca iguales riesgos para ambos combatientes. Pero las leyes de guerra quo autorizan a las grandes naciones el empleo de sus poderosos elementos de combate en su lucha con un pueblo débil que carece de ellos, son las mismas que aconsejan al; débil dicho sistema, sobre todo cuando, se trata de defender su hogar y libertades contra una invasión. Y en este caso extremo esas mismas leyes ordenan implacablemente al débil la defensa, a todo trance y hasta la muerte, de su honra y derechos naturales amenazados, so pena de merecer el dictado de incivilizado e incapaz de comprender las responsabilidades de un gobierno propio.

Estoy conforme con V. en esto: la fuerza, como, único factor empleado para la resolución de toda clase de cuestiones entre seres racionales, no solo es criminal en sí misma, sino que también es la causa de todas las miserias y ruinas que han afligido a la humanidad y a todos los pueblos en todas las edades. Por lo que dejo consignado en los párrafos anteriores, esta lección histórica debe recordarse, no a los filipinos, sino a los americanos.

Los filipinos saben que por la fuerza nada pueden esperar de los EE. UU., luchan para demostrar a los EE. UU que poseen la cultura suficiente para distinguir sus derechos, aún cuando se pretenda ocultarlos por medio de hábiles sofismas. Esperan que la lucha recuerde a los americanos lo que sostuvieron sus antepasados contra los ingleses por la emancipación de las colonias y hoy Estados libres de Norte América. Entonces los americanos estaban en el sitio que hoy ocupan los filipinos. Si entonces la justicia de su causa encontró defensores en Francia, los filipinos esperan tener departe a los mismos americanos cuando estos e convenzan de que la lucha no se debe al odio de raza, sino a los mismos principios sellados con la sangre de sus antepasados.

Los filipinos saben también que el arte de gobernar solo se adquiere, como todos los demás con cimientos prácticos, por la experiencia y que para ser buenos ciudadanos y poder dirigir rectamente una forma republicana de gobierno, es preciso que sepan apreciar el honor y defender la justicia. Esto no destruye la disposición natural de los pueblos apara aprender el mismo arte por sí solo, como lo aprendió el pueblo americano, sin la ayuda de ningún otro hombre. Si los filipinos, renunciando las facultades que por naturaleza les corresponden, dejaren que los americanos gobiernen por sí solos las Islas como así pretenden éstos, no aprenderían jamás el arte de gobernar y darían motivo para que los americanos puedan decir que los filipinos son naturalmente incapaces para el gobierno. Los filipinos no pueden creer en la ayuda prometida, porque las condiciones exigidas para su prestación imposibilitan la realización de la promesa.

Espero que los americanos comprenderán que el estado de cultura en que hoy se encuentra el pueblo filipino ha de sufrir subyugaciones por la fuerza corno un estado permanente. Pueden ser vencidos los filipinos ahora y después, pero mientras se les niegue toda clase de derechos no habrá tranquilidad duradera. Los españoles pudieron dominar las Islas sin grandes contratiempos por espacio de tres siglos, porque los filipinos estaban sumidos entonces en la mis completa ignorancia y vivían sin la conciencia de la solidaridad nacional. Hoy es muy distinto; hoy los filipinos participan de la vida de otras naciones y han saboreado, aunque por corto tiempo y de una manera incompleta, las delicias de una vida independiente.

Comprendo que es imposible, y hasta pernicioso que los americanos abandonen las Islas a merced de las ambiciones de otras potencias. Los filipinos saben que la unión entre ambos pueblos es lo único que puede deshacer y conjurar los peligros del porvenir. La conveniencia mutua de ambos pueblos reclama la pronta cesación de hostilidades, porque si la guerra dura ha de engendrar necesariamente el odio e imposibilitar la vida mancomunada entre americanos y filipinos. En la Revolución de 1896 solo pedían los filipinos a España la concesión de algunas franquicias de que gozaban los españoles, pero el Gobierno español se negó a concederlas; de haberlas concedido, no solo se habría cortado la Revolución, sino que los filipinos habrían hecho causa común con España en la guerra con los Estados Unidos.

Los filipinos están dispuestos a una inteligencia siempre que ésta no exija una sumisión incondicional a las pretensiones de los americanos sino la aceptación de una fórmula en cuyas ventajas e inconvenientes participen ambas partes por igual. Los filipinos no han de tener fe en las promesas de las autoridades americanas mientras éstas los mantengan en la dura alternativa de la deshonra o la muerte. Ínterin la soberanía americana no se contente con limitar has prerrogativas inherentes al pueblo filipino, sino que pretenda la anulación completa de las mismas, será odiada por los. Que verán en ella el origen de todas las humillaciones. Si la guerra no impide la organización de los municipios, menos ha de impedir la formación de un provecto constitucional que eche los cimientos del porvenir político de Filipinas. Cuando el Congreso se convenza de que la formalización de dicho proyecto ha de paralizar la lucha, lo convertirá enseguida en ley. Toda deferencia a la justa pretensión de los filipinos, lejos de debilitar entre ellos el prestigio americano, ha de cimentarlo más y más para levantar sobre él la solidaridad de intereses, que es la garantía mas segura de la unión y la Por mi parte he de hacer cuanto de mí dependa para facilitar dicha inteligencia; el tildado de intransigente ha de dar una prueba clara y práctica de la mayor transigencia porque sabe que el que vive en el mundo tiene que pasar por los inconvenientes del mundo. El protectorado es una limitación cuya naturaleza e importancia depende del mutuo consenso, tácito o expreso, del protector y del protegido; la autonomía, por otra parte, envuelve la idea de Independencia mas o menos restringida: luego discutir estas fórmulas es perder el tiempo en cuestiones abstractas.

Iré derechito al grano como suele decirse, imitando a los americanos, que son muy prácticos. Me limitaré a indicar las bases sobre que debe levantarse a mi juicio el edificio político de Filipinas, a saber: 1o El disfrute por los filipinos de los derechos individuales, tanto naturales corno políticos de que gozan lea ciudadanos de las naciones cultas y libres; 2o igualdad completa entre los americanos y filipinos dentro del territorio de las islas Filipinas; y 3o un gobierno cuya organización ofrezca las mayores garantías para la realización de las dos primeras. Desearía ver un proyecto de Constittición fijando las reglas que han de servir de base para la resolución de las cuestiones, derivadas de los tres puntos capitales que acabo de especificar, y si la encuentro aceptable para la mayoría de los filipinos, no tendría inconveniente en aconsejar la aceptación del mismo a mis compatriotas. Mi intransigencia no tiene otro objeto sino el aseguramiento de una paz verdadera, de aquí el que no pueda aceptar condiciones que a mi juicio no han de aminorar la intranquilidad de los ánimos.

Perdone si me he extendido demasiado y si involuntariamente me he expresado con mayor franqueza que cortesía. He querido reflejar fielmente en estas pobres líneas los sentimientos de la generalidad de los filipinos y espero haberlo conseguido. Muchos tal vez no podrán o no querrán exteriorizar sus verdaderos pensamientos sobre estas cuestiones, pero no importa. Todo lo que he dicho late en el fondo de todos los corazones filipinos.

Tengo el mayor gusto de ser, su mas atto. s.
APOLINARIO MABINI.

 

MABINI'S REPLY
Manila, P. I., August 31, 1900
General J. F. Bell.

My dear and Distinguished General:

The reading of your personal letter of the 28th instant filled me with satisfaction. After considering very carefully the points discussed in it, I can no less than recognize your lofty aims and noble sentiments. I shall try to reciprocate your fine attention and courtesy, manifesting to you with the greatest clearness and frankness my private opinion about the point, with so much more pleasure since I am no less anxious for a satisfactory solution.

You regret that the Filipino people do not know how to appreciate the efforts and sacrifices of the Americans. Allow me to tell you that up to now all the efforts and sacrifices of the Americans tend to demonstrate their overwhelming force, and the country comprehends this. The day the American authorities turn their eyes towards reason and justice, making less use of force, I can assure you that the Filipino people shall know how to appreciate the change of attitude right away.

You yourself corroborate this appreciation of mine when you state in your letter this principle: The only justifying condition of war, in any circumstance, is the possibility of success. If this principle is correct and were it practiced constantly, the solution to all international and civil conflicts would have to be sought in force, the eternal principles of morality and justice written with the blood of many generations would have to be erased with single stroke of the pen, and humanity will be thrown back to its primitive stage.
You could not invoke the words Humanity and Civilization without knocking down your principle. If in real life strong nations resort to force with much ease to impose their pretensions on the weak, it is because civilization and humanitarian sentiments, which are so much invoked now, are for some more apparent than real. According to your principle, it has to be admitted that the war the Americans are making in the Philippines is just and humanitarian because Filipinos are weak, which would not seem right even to the most ignorant Filipino.

I am the first one to deplore with all my soul the guerrilla and ambush system to which Filipinos see themselves reduced to because I have always considered the struggle that offers equal risks for both combatants nobler and worthier of man. But the laws of war that authorize the big nations to use the powerful elements of combat in their struggle against a weak nation which lacks them, are the same ones that counsel the weak said system, more so when it means the defense of her home and liberties against an invasion. And in this extreme case those same laws implacably order the weak the defense by all means and even unto death, of his threatened honor and natural rights, lest he merit being branded as uncivilized and incapable of comprehending the responsibilities of self-government.

I agree with you in this: force, as the only factor employed for the solution of all kinds of questions between rational beings, is not only criminal in itself, but is also the cause of all the miseries and ruins that have afflicted humanity and all the countries in all ages. For the reasons stated in the previous paragraphs, it is not Filipinos but Americans that should be reminded of this historical lesson.

Filipinos know that nothing can be expected to be gained by force from the United States, they struggle to show the United States that they possess sufficient culture to understand their rights, even when hidden by means of clever sophisms. They hope that the struggle will remind the Americans what their ancestors sustained against the English for the emancipation of the Colonies and now the free states of North America. The Americans then were in the same position as Filipinos now. If the justness of their cause then found defenders in France, Filipinos hope to have on their side the Americans themselves when these are convinced that the struggle now is not due to racial hate, but to the same principles sealed with the blood of their ancestors.

Filipinos also know that the art of government is acquired, like all other practical knowledge, only by experience and that to be good citizens and able to manage correctly a republican form of government it is necessary that they know how to appreciate honor and defend justice.

This does not destroy the natural disposition of the peoples to learn the same art by themselves, as the American people learned, without the help of any other man. If the Filipinos, renouncing the powers that by nature belong to them, allow the Americans to govern the Islands alone as these so attempt, they would never learn the art of governing and would give reason for the Americans to be able to say that the Filipinos are naturally incapable of government. Filipinos cannot believe in the help promised because the conditions required for its granting render impossible the realization of the promise.

I hope the Americans will understand that the cultural stage the Filipino people now find themselves in, will not suffer subjugation by force as a permanent status. The Filipinos may be defeated now and afterwards, but as long as all kinds of rights are denied them there will be no durable tranquility. The Spaniards were then able to dominate the Islands without serious difficulties for a space of three centuries because the Filipinos were then immersed in the most complete ignorance and lived with no conscience of national solidarity. It is very different now; the Filipinos share now of the life of other nations and have enjoyed, though for a short time and in an incomplete way, the joys of an independent life.

I understand that it is impossible and even pernicious that the Americans abandon the Islands to the mercy of the ambitions of other powers. The Filipinos know that the union between both countries is the only means that can undo and conjure the dangers of their future. The mutual convenience of both nations calls for the quick cessation of hostilities, because if the war lasts, it will necessarily engender hate and make impossible life in common between Americans and Filipinos. In the revolution of 1896 the Filipinos were asking Spain only the concession of some franchises that the Spaniards enjoyed; but the Spanish government refused to grant them; had they been granted, the revolution would not only have been quashed, but the Filipinos would have made common cause with Spain in the war with the United States.

Filipinos are ready to an understanding as long as this does not exact an unconditional submission to the attempts of the Americans, but the acceptance of a formula by which both parties share equally in the advantages and disadvantages. The Filipinos will not have faith in the promise of the American authorities while these keep them in the difficult alternative of dishonor or death. While the American sovereignty is not satisfied with limiting the inherent prerogatives of the Filipino people but attempts the complete annulment of same, it shall be hated by the Filipinos who will see in it the origin of all humiliations. If the war does not impede the organization of the municipalities, it will no less impede the formation of a constitutional project that will lay the bases for the political future of the Philippines. When Congress is convinced that the formalization of said project will paralyze the struggle, it shall immediately convert it to law. Any deference to the just claim of the Filipinos, far from weakening American prestige among these, will cement it more and more to build on it the solidarity of interests, which is the surest guarantee of unity and peace. I shall on my part do all that is in my power to facilitate such understanding; he who is branded intransigent shall give a clear and practical proof of the greatest transigence because he knows that he who lives in this world has to pass through the inconveniences of the world. So, I shall not advocate for absolute independence knowing that I shall not attain it now, neither will I occupy myself with independence with protectorate nor in autonomy because both involve purely theoretical questions. The protectorate is a limitation the nature and importance of which depends on the mutual agreement, tacit or expressed, of the protector and the protégée; autonomy, on the other hand, involves in itself the idea of independence more or less restricted: so to discuss these formulas is to waste time in abstract questions.

I shall go straight to the point, as is usually said, imitating the Americans who are very practical. I shall limit myself to indicating the bases on which, in my opinion, the political edifice of the Philippines should be built, to wit: First, enjoyment by the Filipinos of the individual rights, natural as well as political, that citizens of cultured and free nations enjoy; Second, complete equality between Americans and Filipinos within the territory of the Philippine Islands; and third, a government the organization of which offers the greatest guarantees for the realization of the first two. I would like to see a constitutional project fixing the rules that shall serve as a basis for the solution of questions derived from the three capital points that I have just specified, and if I find it acceptable to the majority of the Filipinos, I would not mind advising its acceptance to my countrymen. My intransigence does not have any other object than ensuring a real peace, hence, I cannot accept conditions that in my opinion will not lessen the restlessness in the minds.

Excuse me if I have extended myself too much and if I have involuntarily expressed myself with more frankness than courtesy; I have wanted to reflect faithfully in these poor lines the feelings of the generality of Filipinos and I hope I have succeeded. Many perhaps cannot or will not want to express their real thoughts on these questions, but it does not matter. All that I have said throbs in the most profound recesses of all Filipino hearts.

I have the greatest pleasure of remaining

Yours sincerely.
Apolinario Mabini.
 

 

José R. Perdigón
Web master
Pasig City, Metro Manila
Julio de 2014