A PROPOSITO DE UNA OBRA DE RECTO
Por Nick Joaquín (1917-2004)
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En 1917, la Sociedad Talia, un gremio teatral, organizó un concurso de teatro. Los jueces, entre los que se encontraban Fernando María Guerrero, Cecilio Apóstol y José Carvajal escogieron Un lio por un retrato de José Ma. Suárez como la mejor comedia y Sólo entre las sombras de Claro M. Recto como el mejor drama. Recto tenía entonces 27 años y ésta era su segunda obra. Los críticos de su tiempo consideraron su primera obra La ruta de Damasco muy prometedora y reconocieron una influencia profunda de Benavente en el joven poeta batangueño.

Sólo entre las sombras se representó por primera vez en Manila el 19 de junio de aquel año con Práxedes L. de Pastor, la artista más famosa de entonces, popularmente conocida como Yayeng, en el papel de Gabriela. Ya había pasado el tiempo en que las noches de estreno solían acabar dando con el autor y su comparsa en la carcel a manos de la Constabularia. Pero el teatro filipino estaba tan ferozmente vivo que una obra nueva todavía podía levantar tanta discusión en público como la política hoy dia. Y la obra premiada de Recto no fué excepción.

Enseguida la criticaron los que la vieron como un ataque al sistema de educación impuesto entoces en Filipinas y los que la consideraron una invitación a retroceder al pasado. En periódicos, clubs y tertulias se armó una polémica monumental que creció por momentos sobre la cuestión de si había o no en la obra de Recto tendencias reaccionarias.

A la defensa de Recto vinieron algunas de las mentalidades más brillantes de la hora –Apóstol, Feliciano Basa, Manuel Rávago, Manuel Bernabé y Francisco Varona– arguyendo que Recto meramente intentaba rectificar, devolver el equilibrio, moderar la “sajonización violenta” de la juventud. (‘Sajonismo’ en aquellos dias era el término en boga por americanismo.) Lo que la obra abogaba, decían los defensores de Recto, era una mezcla de las dos fuerzas entonces en conflicto, la vieja y la nueva, atemperando lo moderno con los ideales de la educación clásica –una síntesis de las tradiciones hispana y anglosajona.

Desgraciadamente, como bien sabemos hoy, no es eso lo que pasó. Nunca se fomentó un intento de síntesis, ni siquiera de coexistencia. Se abandonó una cultura sin más y se adoptó la otra en su totalidad. Y aunque entonces no se daban cuenta de ello, los defensores de Recto, todos escritores en español, luchaban por su supervivencia. Pero así sucedió. Recto fué el último escritor importante en la linea directa de sucesión de Rizal, –“una verdadera rama del Gran Arbol” en palabras de Varona– porque no hay duda que ni el más nacionalista entre nosotros puede afirmar que los escritores de hoy, en inglés o tagalog, puedan remontar su linea literaria  hasta Rizal. De hecho es muy probable que la única razón por la que los libros de Rizal no se hayan ido con las obras de Guerrero y Apóstol al olvido es por el accidente de que Rizal es nuestro héroe nacional. En realidad lo conocemos sólo por traducciones. Para nosotros, el Rizal verdadero es un extranjero ----y encima muerto.

No hay nada más estéril que argumentar sobre “lo que pudo haber sido”, pero supongamos que no hubiera habido brecha cultural; supongamos que la literatura de Rizal y Recto hubiera seguido desarrollándose –y no puede haber duda que hubiera continuado si no se hubieran quedado los americanos. Los que repiten el cliché gastado sobre las Filipinas progresando más en 50 años bajo América que en los tres siglos bajo España no se enteran de qué va nuestra historia. Hacia 1890 Filipinas había alcanzado tal desarrollo cultural que su florecimiento, como sucedió, era inevitable. Y el impetu combinado de la Revolución y del movimiento intelectual de finales de siglo fué tal que con o sin americanos, las primeras décadas de este siglo habían de ser una época de grandes e importantes avances en Filipinas. La ocupación americana aceleró nuestra modernización y desarrollo político pero frustraría el florecimiento pleno de la línea cultural que representan Rizal y los otros ilustrados –una línea que pudo habernos conducido a una cultura más rica y más autóctona que la que acabamos adquiriendo.

El cambio de español a inglés fué un golpe fatal a nuestro crecimiento cultural; sufrió nuestro desarrollo literario –y todavía sufre–, porque la literatura es la verdadera alma de la lengua y nos hicieron abandonar la lengua en que se había desarrollado nuestra literatura y tuvimos que empezar desde cero otra vez, pero ahora en inglés. Las primeras víctimas del cambio de lengua fueron, naturalmente, los escritores en español de los 900 que, desposeídos de público, cayeron en declive o, como Recto, que pudo haber sido una de las grandes figuras literarias, abandonaron del todo la literatura. Todos estos autores escribían español con tal maestría que es razonable postular que la generación que viniera detrás de ellos elevara esta maestría a mayores alturas produciendo una literatura aún de más calibre. Lo que la generación siguiente produjo fueron los tentativos esfuerzos pioneros en inglés de los años veinte, una labor valiosa y heroica, pero una desviación radical del desarrollo esbozado por nuestra historia y que por lo tanto no pudo, como así fue, producir la gran literatura que la tremenda vitalidad intelectual de los 890 y 900 dejaba vislumbrar. Porque el escritor filipino en inglés ha sufrido muchísimo también por la incoherencia de nuestra cultura, ----y su mejor ejemplo es José García Villa.

Lógica y cronológicamente, Villa –como los escritores pioneros en inglés de los años veinte– debió haber sido la continuación del desarrollo de Rizal y Recto. Incluso pudo haber sido, tan innegable es la calidad suprema de su genio, la culminación de los 300 años de español en Filipinas. Si Rizal fué nuestro Marlowe, Villa debió haber sido nuestro Shakespeare, ----de no haber intervernido una interrupción en el desarrollo de nuestra cultura. Desafortunadamente la hubo y Villa tuvo que fabricar en vez de continuar una tradición literaria. Debió haber sido la eflorescencia; tuvo que hacerse simiente. Rizal y Recto debieron ser sus padres pero Villa tuvo que empezar de cero ----y tuvo que llenar su paternidad literaria con Sherwood Anderson y E. E. Cummings. El resultado fué una poesía “pura”, muy bella de no ser tan sin raices, y que para la relación que tiene con Filipinas la pudo haber escrito un esquimal. Esto no es culpa de Villa, lo es de la historia que le separó de sus raices verdaderas. Y él, Villa, y todos los otros escritores filipinos, no pueden dejar de sufrir por esta pérdida de tradición, esta alienación de los autores “clásicos” de su propia historia.

Tanto ha crecido esta alienación que los antepasados de la vieja cultura nos parecen casi extranjeros ----o mestizos---- y ha nacido en nuestros tiempos la necesidad ridícula de explicar que la cultura que produjo a Rizal y Aguinaldo, los Lunas y Guerreros, y Apóstol, Bernabé y Recto fué una cultura tan verdadera y auténticamente filipina como lo puedan ser las culturas ifugao, moro, colonial yanqui, o el sajonismo ilustrado de hoy. La incógnita de si esa cultura ----si sólo Dewey hubiera zarpado de aquí de inmediato---- hubiera devenido en cultura filipina, como la cultura hispana en América se hizo específicamente mejicana, guatemalteca, argentina, etc., nunca la prodremos desvelar. De todos modos, esta obra de Recto pudiera servir para indicarnos las posibilidades de la literatura que perdimos.
 

   
 Traducción y edición web de
José R. Perdigón
Abril del 2002